Ciencia y Tecnología
Las ballenas en el Atlántico sur afectadas por El Niño y el cambio climático
El aumento de la temperatura incrementa la probabilidad de mortandad de las hembras
El calentamiento de los océanos afecta la supervivencia de las ballenas en el Atlántico sur -franca austral- e impide la recuperación de sus poblaciones.
El estudio liderado por investigadores del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) y Ocean Alliance
Revelarn que el calentamiento de los océanos está teniendo un impacto significativo en la supervivencia de las ballenas.
Es la primera vez que se describe el efecto del cambio climático en la supervivencia de las hembras de ballenas -franca austral-. Se reproducen en la costa del Atlántico sudoccidental, desde Brasil hasta el sur de Argentina.
El estudio muestra que en los años posteriores al fenómeno de El Niño, cuando las aguas son más cálidas, la tasa de mortalidad de las ballenas francas australes es entre cuatro y cinco veces mayor en comparación con años neutros o con fenómenos de La Niña, caracterizados por aguas más frías.
Es importante destacar que se espera que El Niño ocurra nuevamente en los próximos meses. Esto llevaría a un aumento de las temperaturas a nivel global, sequías y precipitaciones en diferentes regiones del mundo. Esto tiene implicaciones directas en el calentamiento de los océanos y podría agravar la situación para las ballenas francas australes.
La población estimada de ballenas francas australes es de alrededor de 5,500 individuos. Pero las perspectivas de que este número aumente se ven comprometidas con el calentamiento global.
El estudio proyectó el crecimiento de la población hasta el año 2100
Consideró diferentes escenarios basados en predicciones mundiales sobre la frecuencia de los eventos de El Niño y los parámetros de fecundidad y reproducción. Los resultados indican que si no se considera el cambio climático y la población crece al ritmo actual del 7%, la población alcanzaría solo 30 individuos en 2070. Además, si se tiene en cuenta el impacto del calentamiento global en los últimos 50 años, la población no alcanzaría ese valor.
Estos hallazgos resaltan la urgencia de abordar el cambio climático y tomar medidas para mitigar sus efectos en los ecosistemas marinos y en las especies que dependen de ellos. Proteger y preservar las ballenas francas australes y sus hábitats se vuelve aún más crucial en un contexto de calentamiento de los océanos y eventos climáticos extremos.
El estudio también destaca que la proyección realizada es teórica y no tiene en cuenta otros factores de mortalidad, como la contaminación, la colisión con embarcaciones u otras amenazas. Si se considera que los eventos de El Niño van a ser más frecuentes e intensos, el crecimiento poblacional de las ballenas francas australes se desacelerará y la mortalidad será mayor debido al cambio climático.
En los años posteriores a los eventos de El Niño, se observó que un porcentaje de la población de ballenas no era avistada. Especialmente las hembras no regresaban a la Península Valdés. Esto indica que esas ballenas podrían haber muerto. Las hembras son vulnerables a la disminución de alimentos, ya que después de la gestación y la lactancia requieren grandes cantidades de alimento para recuperarse de la inversión energética realizada.
El estudio utilizó cinco décadas de información recopilada a través de la fotoidentificación de cada ballena en la Península Valdés
Para calcular la supervivencia, se analizó la historia de vida de 1,380 hembras de una base de datos de aproximadamente 4,100 ejemplares. La conservación de las ballenas francas australes es fundamental para mitigar el calentamiento global, según los expertos del Instituto de Conservación de Ballenas.
Las ballenas son consideradas «ingenieras» de los ecosistemas marinos. Ayudan a mantener la salud y la biodiversidad del océano. Su consumo de krill, un crustáceo presente en el Atlántico Sur, resulta en heces ricas en nutrientes, incluido el hierro, que fertilizan y promueven la vida en el océano. Además, las ballenas capturan grandes cantidades de carbono, actuando como «bosques» del océano, y desempeñan un papel crucial en la regulación del clima y la salud de los ecosistemas marinos.
“Son los bosques de los océanos, capturan en sus grandes biomasas tanto carbono como miles de árboles”, detalla Agrelo.
Monitoreo de las Ballenas
Desde 1971, y de manera ininterrumpida, el ICB y Ocean Alliance realizan un monitoreo anual de ballenas en las costas de Chubut, a través de relevamientos aéreos. La base de datos con las ballenas identificadas una por una es tan valiosa que permite saber cómo cambia la población a lo largo del tiempo y cómo le afectan los fenómenos climáticos. Estos mamíferos pueden reconocerse individualmente a través del patrón de callosidades en la cabeza, que es único igual que la huella dactilar de un ser humano.
En los comienzos, se sacaban fotos con rollos y la fotoidentificación se realizaba de forma manual a través de un catálogo físico. Actualmente las imágenes son digitales y la técnica se realiza con la ayuda de un software.
Los investigadores informan que:
“…Cumplimos 50 años de datos. Es un estudio pionero y el de más largo plazo de una especie de ballenas a nivel mundial…”
Es la primera vez que se analiza el efecto del cambio climático en la supervivencia de una especie de ballena
Conocer las ballenas que habitan la Península Valdés permite armar árboles genealógicos de hasta cinco generaciones.
“La posibilidad de sacarle una foto a una ballena y saber si la vimos o no, nos permite a lo largo de los años armar lo que se llama ‘históricos de captura’ de cada individuo”, explicaron.
Se configura un historial para ver qué años llegó a la península y cuáles no, cada cuánto va y si lo hace con un ballenato. “Si vemos un individuo con una cría y a los dos años lo vemos con otra cría, es una llamada de alerta”, dice la investigadora. Es un indicio de que hubo una falla en el éxito reproductivo ya que las ballenas francas tienen cría cada tres años después de un año de gestación, otro de lactancia y uno más de reposo y de recuperación.
Con la identificación también se conocen detalles de su ciclo de vida y de su biología: cada cuánto se reproduce o cuál es su edad.“Hay ballenas que se pueden identificar cuando son crías, por lo tanto conocemos su edad. Cuando retornan a Península Valdés con su propia cría podemos saber a qué edad se reproducen. Con estos datos pudimos estimar que la primera parición es a los nueve años en promedio”, explica la investigadora. También hay registros de madres más jóvenes.
No se sabe exactamente cuánto vive una ballena franca austral, aunque podría llegar a los 100 años. En 2022 se detectó a una ballena que se vio por primera vez hace medio siglo, cuando ingresó al catálogo. “Nos dimos cuenta que era la misma que identificamos en 1971. En el ‘73 estaba con cría y en el 2022, también”, apunta la científica. Es decir que la última vez tenía al menos 60 años y se seguía reproduciendo.
Adoptar una ballena o seguir su ruta
El ICB tiene un programa de adopción simbólica de ballenas para apoyar los estudios científicos. Cada una cuenta su historia de vida y algunas alertan sobre las amenazas en el océano. Otros ejemplares que también han sido “bautizados” con nombres de constelaciones o piedras preciosas (el resto son identificados con números y fechas) son a los que se sigue de manera satelital.
El monitoreo es impulsado por una decena de instituciones y organizaciones argentinas e internacionales y permite saber qué hacen estas ballenas, que miden unos 17 metros y pesan más de 50 toneladas, cuando dejan Península Valdés.
Para ello se les coloca un dispositivo, que transmite cada vez que salen a respirar. Meses después de que dejan la zona siguen haciéndolo: es posible saber dónde están y qué áreas utilizan. Se detectó incluso el recorrido de una ballena fotoidentificada (Antares Atrevida) en dos situaciones: en solitario y con su cría.
“Con varios años de proyecto satelital es posible ver cómo varían las áreas de alimentación que se van modificando de acuerdo a la disponibilidad de krill, que depende del cambio climático”, explica Agrelo. También permite conocer a dónde van y dónde se alimentan una vez que dejan la península, y de esta forma identificar las áreas prioritarias para su conservación.